sábado, 21 de enero de 2012

Ayer me dijeron que debería luchar por algo


Ayer me dijeron que debería luchar por algo,
supongo que, ya pensándolo hoy, si me afectó.


Luchar por las causas perdidas,
por los sueños rotos mil veces,
por las pinches ganas de amar
sin medir palabras o besos,

luchar por romper piedras
con los puños, con la voz,
tirar paredes altas,
bajas expectativas,

agarrase a chingadazos con el pasado,
también el ajeno, ganar a puño limpio
el derecho y el izquierdo,
el centro, el sin sentido

de gritar a media calle
o en la cima de la montaña,
que bebemos nuestra rabia,
que amamos nuestro corazón
hecho pedazos,
deshecho de amantes,
trofeo de la batalla,
la misma de cada mañana,

ofrecer las cicatrices a los ojos
de los incrédulos, de las buenas conciencias,
de las aburridas buenas intenciones,

sacar de la maleta las historias
que más duelen,
las que nos dejan temblando
de miedo, de llanto, por pendejos,
por ser más carne que metal,

colgar las lagrimas al sol,
para darle gusto al curioso,
mostrar las batallas perdidas,
las mutilaciones en  el amor
que nos tocaba cuidar,
y obvio, jodimos de inmediato,

decir aquí está el dolor de mis manos,
acá la soledad de mi cama,
en esa esquina, el recuerdo
que nos hace llorar de madrugada,

habría que gritar las penas,
ahogarlas en un hombro
y no en alcohol,

llorar en todos los ojos,
por cualquier cosa,
porque tenemos dolor de sobra,
- pa' aventar pal cielo-

deberíamos decir a cada rato,
cada cumpleaños o día de la bandera
- da igual-
que nos duele levantarnos,
que uno colecciona chingadazos
en los sueños,
pero mantiene intacta la esperanza

que uno se levanta sonríendole al espejo,
mentándole la madre al destino
y a las ganas, tan fáciles, de volver volver,

que uno se hace trinchera en las noches,
que se reconoce ave en las mañanas,
que enfrenta las ganas de quedarse tirado
comenzando a correr a cualquier parte,
pero sin detener la marcha,

que uno levanta el puño
más allá de la mirada;
que le reclama a Dios
abofeteando al diablo,

y Dios calla, siempre calla,
y nos suelta la correa,
nos da una palmadita, aplaude,
nos regala su mirada,

debería uno presumir la guerra,
entre corazón y tripas,
gritar la victoria de no extrañar
al otro lado de la cama;

debería uno decir a cada paso,
-aquí llevo las batallas,
las cicatrices,
el valor,
mi puñado de esperanzas,
la sonrisa clara;
por si un día deciden
mirarme a los ojos
o levantar la mirada

Porque atesoro en la espalda
palíndromos colorados,
y son ellos -no yo-
los que tienen el derecho
de nombrar la batalla.









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